Anderson y la verdad
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(1) Vista Torre de David |
El
largo artículo [1] de este periodista, Jon Lee Anderson, convertido hoy
en estrella de referencia internacional, aparecido originalmente en la
revista New Yorker, y que ha sido puesto a circular en los múltiples
canales de Internet, es un modelo de pésimo periodismo, si queremos
apelar al verdadero papel de la información en una sociedad de valores.
Tocamos este tema porque el centro de interés, en este caso, es el de la
malhadada Torre de David. Un problema social íntimamente ligado a un
presupuesto físico, a una condición arquitectónica claramente ubicada
dentro de lo que ha sido el proceso de modernización dependiente y
subdesarrollado de la capital, un problema agudo y muy visible que sería
tonto o estúpido ignorar.
Para sintetizar brevemente, el artículo en cuestión corresponde a un método perverso que consiste en confinar, aislar, recortar, un acontecimiento determinado, de por sí extremadamente complejo, de su contexto general que le da explicación y conocimiento, y desamarrando toda relación con el pasado y con el futuro, dejar la firme impresión en el lector de que lo que se microdetalla (objetivamente, hay que señalarlo con insistencia) es una muestra representativa de la totalidad del conjunto. Así, al igual de lo acontecido con el desafortunado premio en la Bienal de Venecia, en la cual por cierto otros testimonios de otra humanidad fueron presentados en el Pabellón de Venezuela (y silenciados por los medios), la Torre de David se convierte en símbolo, paradigma y alegoría de la totalidad de lo que ocurre en este país, sin dejar posibilidad alguna de otras interpretaciones o de otra visión del conjunto.
Al estrechar, al
recortar la percepción a un acontecimiento singular y, lo que es
igualmente importante, al acompañarla con lo que parece una
documentación objetiva, y, otra dimensión adicional, al colocarla en el
gran flujo de los medios internacionales, la distorsión pública de la
información resultante tiene una capacidad de convencimiento
contundente. Método infalible, muy usado en las campañas políticas que
apelan a toda clase de instrumentos culturales, los “sucios” y también
los más cuantiosos, diremos, los más, profesionales o académicos. El
objetivo es que el lector desprevenido y mal informado, quede con la
impresión de que hoy Venezuela es toda así, tal como se ve en el
episodio Torre de David. Porque nunca se procede de manera semejante con
otras situaciones, bien distintas cuantitativa y cualitativamente, las
que revelan las otras muchísimas caras positivas del país.
El periodista
Anderson podría entrevistar, por ejemplo, a la directora y a los
pequeños pacientes del hospital cardiológico infantil Dr. Gilberto
Rodríguez, y relatar (con igual objetividad) algunas de las historias de
profundo contenido que llenan de perspectivas humanistas a la
transformación de Venezuela. ¡Ah! No, eso, nunca. ¡Eso sería propaganda!
El periodista Anderson, tan objetivo él y diestro en ocupar espacios en
los medios internacionales, jamás, por ejemplo, se ocupará de analizar
el sentido civilizatorio y la gigantesca proyección social de lo que
está ocurriendo en Venezuela con uno de los programas más provocativos e
innovadores de la historia de la vivienda en América Latina, como lo es
la Gran Misión Vivienda. De ello, de lo que causa asombro y simpatía en
los medios profesionales y políticos independientes, no contaminados
demasiado por la desinformación, ah, de ello no se habla.
Las gárgolas ideológicas, bien pagadas y lubricadas intelectualmente, funcionan, así como funciona la guerra psico-informativa.
[1] Jon Lee Anderson, Letter from Caracas, SLUMLORD, New Yorker, 28 de enero 2013.
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